Ernesto es despedido de la fábrica donde trabaja por razones de presupuesto. Al no poder pagar el alquiler de su humilde casa, el Gordo, su amigo y compañero de desgracias, logra ubicarlo en una suerte de chabola en lo alto de una colina. Las artimañas del Gordo, un experto en supervivencia, harán que la “casa” tenga todo lo necesario para la subsistencia: No pagarán luz, agua ni tampoco teléfono. En el pueblo tienen colegio para los hijos, biblioteca que les surte de libros y hospital público para las emergencias sanitarias. Ernesto espera la reincorporación a la fábrica (que parece cercana) o la indemnización con la cual compraran una nueva vivienda. Así empezará a acariciar una ilusión nacida de sus entrañas: llevar a los chicos a ver el mar. Y su optimismo le permitirá enfrentar la adversidad más absoluta con el delirio de la imaginación y el amor |